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Periodismo Independiente

Hernán Cortés: las estridencias del relato

Marcaje Personal

Julián Andrade, escritor, periodista y fundador de El Bastión de Papel

@JandradeJ @ElBastiondeP

Al parecer Hernán Cortés está condenado a una condición de villano, aunque esté lejos de serlo y más bien encarne un personaje complejo, digno de aquellos años de fuego en los que se constituyó una idea distinta del mundo mismo.

Es un presencia permanente, pero que se escapa y distorsiona, en las rigideces de la historia de bronce, del relato oficial que encontró utilidad en la recreación de un pasado imaginario del que se podría desprender un futuro luminoso que explicara la grandeza del México de la revolución y del régimen que surgió de ella.

A unos metros del zócalo de la Ciudad de México, se encuentra el Hospital de Jesús, el primero fundado en la Nueva España y que el capitán Cortés concibió. Una edificación que aún ahora conserva el aliento de ese tiempo de choques y descubrimientos, algunos luminosos y otros, por supuesto, sombríos.

Cortés estorba porque en realidad está lejos de la leyenda que se creó para facilitar el relato de una derrota, cuando en realidad se trató de un proceso bastante complejo, de pueblos diversos y de una situación en la que el poder también estaba sujeto a las cadenas de la fuerza y los tributos.

Tampoco se trata de dibujar un personaje contrario al del conquistador brutal que también fue, sino de dar la oportunidad a la historia para explicar un momento axial del pasado.

Cortés triunfó porque existían las condiciones para ello, y ellas eran muy lejanas a ese mundo idílico de facilidad y paz que ahora se intenta restaurar como discurso oficial.

Cambiarán las pocas nomenclaturas que hacen referencia a los soldados, aventureros y pícaros que llegaron a estas tierras, pero es muy difícil que se cambie la historia. El árbol de la noche triste, que ahora se rebautiza como victoriosa, es parte de este despropósito, porque lo que ocurrió con posterioridad a la derrota de Cortés fue precisamente su reagrupamiento y el retorno frío y feroz para constatar la caída de Tenochtitlán.

Por eso no es sencillo asumir el papel de aquellos protagonistas en la edificación de lo que, con los siglos, se convertiría en México, ya como posibilidad de una identidad común y convergente.

Christian Duverger escribió que Cortés era un convencido de la necesidad del mestizaje y esto fue posible porque comprendió a la realidad mesoamericana.

“La doctrina del mestizaje es, en realidad, una variante del humanismo del siglo XVI. No borra la violencia del choque cultural, no niega el conflicto, pero no lo reduce a la confrontación de flechas y de espadas”.

Después de todo, el mestizaje no solo es una mezcla de sangres, sino “una interacción más amplia que trastoca las costumbres, las creencias, la organización socio-política”.