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PERIODISMO INDEPENDIENTE

Haití: la rendija del infierno

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Julián Andrade, escritor, periodista y fundador de El Bastión de Papel

@Jandradej @Elbastiondep

La muerte de Jovenel Moïse, el presidente de Haití, es una ventana por la que podemos asomarnos a las consecuencias de un estado fallido, donde lo que impera es la ley del más fuerte.  

Moïse fue asesinado a balazos en su propia residencia. Un comando irrumpió en la madrugada y también hirió a su mujer. De acuerdo con Jean-Josue Pierre, embajador haitiano en Francia, los atacantes hablaban inglés y español y uno de ellos traducía al creole, para advertir y someter a los guardias presidenciales.

¿Quiénes lo hicieron? ¿Cuáles son sus intenciones inmediatas en lo que respecta al propio poder? ¿A qué grupo pertenecen? Pronto lo sabremos, o cuando menos tendremos una idea de los beneficiarios inmediatos del crimen.

En uno de sus discursos, Moïse dejó pistas al señalar que las pandillas armadas y los traficantes de drogas estaban recurriendo a fugitivos internacionales para asesinarlo. Toda una premonición.

El primer ministro en funciones, Claude Joseph decretó un duelo nacional de 15 días y el estado de sitio por el mismo periodo. Esto tiene diversas lecturas. En primer lugar la de garantizar la continuidad del gobierno y la ya muy endeble institucionalidad, pero también funcionará para sofocar las protestas de la sociedad civil contra el grupo en el poder.

Dos semanas para tratar de controla el fuego que avivó con la muerte del presidente y que abre muchas incógnitas sobre el presente para los haitianos.

Todo es anómalo, y lo era aún antes del magnicidio, ya que Moïse había concluido su periodo presidencial en febrero y el parlamento está cancelado. Gobernaba por decreto. Hace unos días, el 5 de julio, el presidente nombró a Ariel Henry como nuevo primer ministro, con el mandato de hacer un gobierno de apertura.

El horizonte electoral en el isla es incierto, aunque los analistas coinciden en que es imposible que las cosas se desarrollen con las mínimas garantías que requiere un ejercicio democrático y menos aún en septiembre próximo, cuando está planeado.

Por si esto fuera poco, la cita con las urnas es también sobre un referéndum para aprobar una nueva constitución, uno de los proyectos centrales de Moïse, que daría más atribuciones al ejecutivo y el legislativo se convertiría en unicameral, eliminando al senado y suprimiendo la segunda vuelta en las elecciones presidenciales.

La comunidad internacional tendrá que hacer algo al respecto. Quizá intervenir para propiciar la construcción de alternativas desde la propia sociedad, colaborando en la normalización de las instituciones y en el establecimiento de condiciones de gobernabilidad.

Sería triste dejar a los haitianos a su suerte, a sabiendas de que solo los bandidos y sus sicarios tienen la fuerza para imponerse. Además, la crisis tendrá consecuencias en toda la región, aumentado la migración, el éxodo y en condiciones precarias. 

La violencia es la única continuidad en la historia de Haití y se empareja con las desgracias sucesivas, temblores, huracanes, hambrunas.

La brutalidad policial es la norma, en un lugar donde los escuadrones de la muerte han propiciado algunas de las páginas más negras en lo que respecta a los derechos humanos. Es la herencia perene de Duvalier.

Las pandillas hacen imperar su ley, estableciendo el control de la sociedad, sin que exista alguna autoridad que pueda remediarlo.