CITA TEXTUAL

Periodismo Independiente

Escarnio y libre expresión

Es un decir

David Calderón

@DavidResortera

Las libertades auténticas son universales. Los derechos humanos lo son sin excepción. Es decir, es ilógico pensar que algo es un derecho fundamental, pero no para todos. La reflexión filósofica y política de la humanidad, desde los atisbos de Platón, Aristóteles o Marco Aurelio, pasando por los maestros medievales como Averroes o Tomás de Aquino o los renacentistas Erasmo, Vitoria o Suárez a los ilustrados Voltaire, Diderot o Kant hasta la comisión que se puso a redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1949, nos hace pensar que nuestros derechos lo son de cada una, de cada uno.

Son de todas y todos, sin excepción, connaturales, “congénitos” por así decirlo. Establecer excepciones sería inválido, injustificado y discriminatorio. Pero eso no significa que lo universal es abstracto y etéreo, descarnado y genérico. El ejercicio de los derechos es contextual: pasa aquí y ahora, con nuestra cultura y sensibilidad, a propósito de algo, no en el aire. Ni todos nos expresamos igual, ni disponemos de los mismos medios, ni las implicaciones en las práctica son las mismas. Así, una gran pregunta que debemos responder, un apremiante asunto que debemos resolver, es qué hacer con las expresiones ofensivas.

¿El insulto es un ejercicio válido de la libertad de expresión? La Suprema Corte se pronunció en 2013 al respecto, en la tesis 1a./J. 31/2013 (10a.): “…la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no reconoce un derecho al insulto o a la injuria gratuita, sin embargo, tampoco veda expresiones inusuales, alternativas, indecentes, escandalosas, excéntricas o simplemente contrarias a las creencias y posturas mayoritarias…”. La injuria gratuita, entonces, no. El derecho al honor debe ser defendido, pero entonces debe probarse que hay oprobio, una afectación grave en la vida de la persona, o que estamos ante verdadero “discurso de odio” en el cual se azuza para que se produzcan ataques a determinados grupos. 

Puede haber escarnio, se puede ser punzante en la crítica porque se expresa una opinión social o política, pero no oprobio, que es sólo vejatorio de la persona aludida. La citada tesis afirma también: “Si bien es cierto que cualquier individuo que participe en un debate público de interés general debe abstenerse de exceder ciertos límites, como el respeto a la reputación y a los derechos de terceros, también lo es que está permitido recurrir a cierta dosis de exageración, incluso de provocación, es decir, puede ser un tanto desmedido en sus declaraciones, y es precisamente en las expresiones que puedan ofender, chocar, perturbar, molestar, inquietar o disgustar donde la libertad de expresión resulta más valiosa”.

En nuestra disfuncional y gradual democracia, los problemas de si una expresión es oprobio o es escarnio se planteaban, en general, por la crítica a la autoridad. Un comentario que no fuese elogioso a los políticos y líderes sindicales se pagaba en los sesentas con cierre de imprenta, amenaza, golpiza y hasta desaparición. Poco a poco, desde las orillas al centro y desde la contracultura -los estudiantes, el teatro alternativo, los colectivos de lucha territorial, la canción de protesta, la caricatura- nos fuimos habituando a que alguien le pegara un raspón irreverente al presidente, al gobernador, al diputado. Más por corrección que por convicción, de Salinas a Fox y de Calderón a Peña Nieto se acostumbraron a la parodia, la caricatura mordaz, el chiste, el meme.

Lo que que es relativamente nuevo es el estilo Trump-Bolsonaro-López Obrador: que alguien con la investidura mayor ponga motes ofensivos y haga chistes de sus adversarios no sólo políticos, sino de comentaristas y conductores no afines, o que exponga “listas de contrarios” en sus conferencias. La asimetría entre quien tiene cadena nacional garantizada y quien le pueda responder, además de la fantasía de que “representa al pueblo” (como si todos los mexicanos fuesen un solo grupo monolítico, incluso si acepta su divisíon de que pueblo son sólo los pobres o marginados), pone cuestionamientos inéditos sobre lo que se le puede permitir o no a un oficial electo. En México, el presidente ya tomó la delantera en el escarnio. ¿Cuál es el mejor contrapeso, entonces? ¿Una guerra generalizada de lodo, o mejor la crítica con dato duro y propuesta sólida? ¿La investigación que desenmascare sus ínfulas y mentiras, o expresiones ingeniosas y pícaras que subrayen sus defectos? Posiblemente, de todo un poco.